Convocatoria

Desde que Fredric Jameson afirmó, en su influyente ensayo sobre el Posmodernismo, que “un cierto giro espacial” caracteriza a la lógica dominante en el capitalismo tardío, el espacio como categoríaheurística pasó a ocupar un lugar central en la agenda de las Humanidades y las Ciencias Sociales. Si en los noventa el debate asumió como tópico la globalización, con el consabido protagonismo de los no-lugares y el recurrente diseño de atlas, mapas y topografías culturales, el spatial turn llegó al ámbito de la Literatura Comparada en un clima que promovía la descentralización de los saberes, denunciando la arbitrariedad de todo canon y cuestionando el paradigma tradicional de las literaturas nacionales. Una vez consolidada la preeminencia de abordajes de corte espacial, en torno al concepto de campo literario de Pierre Bourdieu o la teoría de los polisistemas de Itamar Even-Zohar, desde hace unos años las polémicas en torno a la Literatura Mundial vuelven a poner el foco en las dinámicas espaciales que determinan la circulación del conocimiento.

En el seno de la teoría y la poética literarias, las nociones de cronotopo, de Mijaíl Bajtín, y de semiosfera, de Iuri Lotman, impulsaron una revisión del espacio como categoría ficcional y signo cultural. Hoy asistimos al auge de nuevas disciplinas como la Ecocrítica, que indaga acerca de los vínculos entre literatura y medio ambiente, y la Geocrítica, que tiene por objeto de estudio la interacción entre los espacios ficcionales y los reales (Westphal). Como lo confirman también los Estudios Transárea y Transatlánticos, ya no es posible entender el espacio como una estructura fija e inamovible. Este debe ser comprendido, más bien, como parte de un proceso dinámico y nunca acabado, que tiene que ver con múltiples lógicas regionales, nacionales, continentales y mundiales. Infinidad de obras de arte y textos literarios contemporáneos atestiguan que nuestro presente paradójico, en donde la movilidad no termina de diluir las fronteras, se conforma como un universo de esferas y redes. Los mapas no llegan a diagramar las ciudades, que a su vez proliferan y parpadean a un ritmo que vuelve muy inestable la vida humana. La discontinuidad en el espacio, aquello que solía ser pensado como un error y como catástrofe, hoy ofrece un potencial de lectura desde la intermitencia y el lapsus (Speranza). Por su parte, los estudios visuales invitan a pensar que el espacio no es una categoría del entendimiento, sino el elemento inadvertido y fundamental de todas nuestras experiencias sensoriales y fantasmáticas. De ahí que las imágenes sean, desde siempre, lugares (Didi-Huberman).

En Latinoamérica, la reflexión sobre el espacio como configurador de culturas ha tenido un desarrollo notable a partir de los trabajos fundamentales de José Luis Romero y Ángel Rama. La tensión entre las metrópolis europeas y las colonias, la dialéctica ciudad/campo homologada a la de civilización/barbarie, o los avatares de la modernidad en suelo americano constituyen algunos capítulos de una historia común que al mismo tiempo supo acoger, en cada país y región, rasgos propios. A las revisiones y las polémicas de distinto signo ideológico se suma el auge de la crítica feminista en la región, que propuso nuevos territorios y ejes de discusión al debate espacial. Estos factores contribuyen a la vitalidad de un pensamiento crítico que anima y favorece el intercambio de reflexiones, metodologías y experiencias.